Viñedos &
proceso
Nuestra forma de trabajar parte de la observación y el respeto por la naturaleza. Mi padre aprendió a entender las señales que entregan las plantas: cuándo están en equilibrio, cuándo necesitan ayuda y cómo responden a su entorno.
Esa capacidad, desarrollada con años de experiencia en el campo, nos enseñó que un viñedo no está formado solo por plantas, sino por una comunidad de seres vivos que interactúan y se sostienen mutuamente. Mientras mayor es esa diversidad, más sano es el viñedo y más auténtica es la expresión de cada cosecha.
Hoy seguimos trabajando con esa misma mirada: observar antes de intervenir y acompañar a la naturaleza en lugar de imponerle un camino.
La vinificación es, para nosotros, como cocinar, sazonar una salsa, preparar una vinagreta o mezclar una ensalada. No estamos atados a la sabiduría convencional dictada por los viñedos, la variedad de uva, la zona o la tradición; intentamos no repetirnos nunca. Cada año es diferente, las expresiones de las uvas y del terroir nunca son las mismas. Creemos que la naturaleza, de esta manera, nos ayuda a ser curiosos y a abrirnos a nuevas posibilidades.
En pocas palabras, probamos las uvas y seguimos los sabores que nos resultan más intrigantes. Preferimos despalillar las uvas a mano o prensarlas directamente, a veces maceradas juntas, a veces dejando que fermenten por sí solas. Todo esto se hace durante las primeras semanas después de la cosecha.
A partir de ahí, adoptamos un enfoque de no intervención, lo que significa que no interferimos en el proceso. En otras palabras: nada se añade, nada se quita. En su lugar, liberamos a los vinos para que sean los vinos que ellos quieran ser.
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